Vicente ya es grande.
Vicente ya no tiene cólicos y no llora todo el día.
Vicente ya reconoce su nombre y me busca por todos lados si escucha mi voz.
Vicente ya come sopa, fruta, papa y yogures.
Vicente ya conversa, grita y aprende sonidos nuevos cada día.
Vicente ya no despierta a las 3 de la mañana para comer, y ya no duerme todo el día.
Vicente ya mira la tele, agarra las cosas y es capaz de pasar todo de una mano a la otra y de ahí llevarlo directo a la boca.
Vicente ya juega solo y tira besitos.
Vicente ya escucha música y canta.
Vicente ya reconoce a las perras e intenta agarrarlas cuando pasan cerca suyo.
Vicente ya duerme en su cuarto y por las mañanas despierta conversando en lugar de llorando.
Vicente ya se sienta, ya se da vuelta y ya intenta gatear.
Vicente ya no cabe en su huevo.
Vicente ya reconoce los lugares y extraña sus juguetes si salimos.
Vicente ya agarra la cuchara y el yogurt e intenta empezar a comer solito.
Vicente ya no duerme siestas y ya toma la mema solo.

Vicente ya es Vicente.

Comilón, siempre quiere más y llora cuándo se acaba.
Intenso, como el ristreto que toma el papá.
Exigente, lo que ayer funcionó hoy ya no sirve de nada.
Demandante, quiere eso, esto y aquello. Y todo al mismo tiempo.
Simpático, sonríe una y mil veces cada vez que me ve.
Dormilón nocturno, duerme toda la noche de corrido desde que tenía 3 meses.
Impaciente, nunca llego lo suficientemente rápido a él.
Extremista, de blanco a negro sin escala de grises.
Expresivo, la mirada habla lo que su boca aún no.
Soñador, sonríe mientras duerme porque yo creo que sueña con una teta gigante.
Comprador, sabe lo que hacer y en que momento para conseguir lo que quiere.
Loco, se gira en la cama y se come los pies, entre muchas otras cosas.
Mimoso, le encanta juntar su cara con la mía y pasar así horas.
Travieso, con genes claramente Nuñez.
Extrovertido, le hace fiestas a todas las personas.
Conversador, habla de da da da y de los colores del arcoiris.

Vicente es Feliz.

Cuando llega un bebe el mundo se pone patas para arriba. Nada es como imaginabas (para bien y para mal) y hay que re-organizar no sólo los ambientes, sino la mente de uno. Cambia la casa, cambia el ambiente, cambian los ánimos, y por supuesto cambia la pareja. Es normal, uno está tan cansado que solo piensa en dormir, el bebe ocupa cada espacio y cada lugar, y la relación de la pareja se ve afectada. Ojo, no lo digo de forma negativa, pero es normal que cambie.

La rutina ya no existe. Las cenas románticas desaparecen (y las no románticas también). Las tareas de la casa de multiplican por 10. El sexo se convierte por un tiempo en el recuerdo de que alguna vez lo hubo. Leer a 4 ojos en la cama es una utopia. Las charlas de cosas importantes o simplemente de tonterias se reducen. Y así con todas las cosas. Todo, absolutamente todo, cambia.

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Desde que empecé a escribir el blog he hablado de muchas cosas “malas” (por llamarlas de alguna manera). He intentado contar con humor  todas esas cosas que uno no espera cuando decide tener un bebé… Los dolores, el no dormir, la desesperación por un llanto que no para, y siempre con pequeños guiños un poco irónicos que intentaban sacar una sonrisa.

Sonrisas. De eso se trata este post. De lo que le pasa a una mamá cuando ve la primera sonrisa de su niño. De como se erizan absolutamente todos los pelos de cuerpo. De como sólo de recordarla se te llenan de lágrimas los ojos.

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Uno de los consejos que te dan en el hospital, los amigos, las otras madres, tu propia madre, y todas las personas con las que hables en algún momento, es que cuando el niño tiene un día malo, o si está inquieto, lo mejor es salir a dar un paseo con él. Ponerlo en el cochecito/carrito y salir sin rumbo fijo a caminar un poco. Este consejo es válido en verano, invierno, primavera, con lluvia, o cuando sea, porque siempre salir lo distrae y lo calma.

Pero, volvemos al maldito pero, nadie te advierte por así decirlo, de lo “difícil” que es salir con un niño, ni que sea simplemente a dar un paseo.

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Los niños parece que tuvieran un sensor que les dice cuando estás a punto de posarlos en la cama, porque desde antes de que los sueltes comienzan su ritual de pelear contra aquello que al final de cuentas es inevitable: Dormir. Y el nuestro no podía ser distinto. Cuando se va acercando la hora de dormir, hora que distinguimos por un cántico inconfundible de Vicente, que parece que se autocanta canciones de nana (empieza a emitir un sonido monótono que es una seguidilla de aaaaaaaaaa), comenzamos el ritual de la noche que consiste en ir bajando las luces, bajando los sonidos, etc. Todo lo que sea necesario para crear un clima tranquilo para dormir. Pero Vicente tiene su propio ritual: Comenzar a llorar lo más fuerte que pueda y pelear con todas sus fuerzas para que no se le cierren los ojos.

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